El mayor lujo del siglo XXI que casi nadie se permite

En 2014, un psicólogo de la Universidad de Virginia, Timothy Wilson, reunió a un grupo de personas en una sala y les propuso algo muy simple: 15 minutos en silencio, sin móvil, sin música, sin libros, sin relojes.

Solo ellos y sus pensamientos.

Antes de entrar, les aplicaron una leve descarga eléctrica para que supieran cómo se sentía.

Luego les dieron la opción de, si lo deseaban durante esos 15 minutos, pulsar un botón y recibir otra descarga.

Por aburrimiento. Por incomodidad. Por lo que fuera.

Los resultados fueron sorprendentes: el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres prefirieron electrocutarse antes que quedarse a solas con su mente.

Uno de los participantes llegó a hacerlo 190 veces en ese cuarto de hora.

José María Fericgla, antropólogo, suele referirse a este experimento cuando habla de por qué hoy meditar se ha convertido en un imperativo moderno.

“La gente del pasado no necesitaba meditar porque gran parte de su día a día estaba quieta”.

Y es cierto.

Un pescador, un pastor, un campesino… pasaban horas en contacto con la tierra, con el mar, con el cielo, sin nada más que hacer que observar.

Existía una especie de contemplación natural, integrada en lo cotidiano.

Hoy, en cambio, no nos detenemos ni para ir al baño.

La pausa da vértigo y hay que programarla. El silencio hay que buscarlo. El vacío asusta.

Como si parar fuera sinónimo de perder el tiempo.

Y lo curioso es que no se trata solo de ritmo externo.

Es algo más profundo: una incapacidad creciente para estar con uno mismo.

Hemos perdido intimidad con nosotros.

Estamos llenos de planes, de tareas, de metas… pero vacíos de sentido.

En un mundo que idolatra el hacer, nos cuesta simplemente ser.

Daniel Goleman lo dijo con claridad: “La atención está siendo secuestrada”.

Y cuando la atención se va, nos vamos con ella.

Porque ahí donde está tu atención, está tu vida.

Sin atención, no hay presencia. Y sin presencia, no hay conexión. Ni contigo ni con nadie.

¿Y entonces qué hacemos con todo esto?

Pues quizá no haya que hacer tanto. Solo parar. Respirar. Escuchar. Reconectar.

Porque el problema no es solo que vivamos acelerados, sino que no sabemos cómo frenar.

Susana Guzmán

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