La vocación es un don, un regalo de Dios.

  La vocación será siempre un misterio de Dios que hay que develar con paciencia, e ir interpretándolo en cada uno de los que tienen o pueden tener el don de la vocación. Actuar sin prisa, pero sin pausa, tener paciencia, pero, de ningún modo, cruzarse de brazos; apretar y exigir pero no ahogar; saber respetar la hora de Dios.

  «La vocación no es fruto de ningún proyecto humano o de una hábil estrategia organizativa. En su realidad más honda, es un don de Dios»

Benedicto XVI 

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